Las recientes festividades en honor a la Virgen María, que históricamente constituyen un espacio de fe, recogimiento y unidad espiritual, quedaron marcadas este año por una fuerte polémica en torno al uso político del púlpito y una serie de decisiones consideradas contradictorias por numerosos fieles.
Durante los novenarios, varios sacerdotes utilizaron reiteradamente sus homilías para atacar al Gobierno, lanzando duras críticas sin plantear una sola propuesta concreta, receta social o alternativa de solución a los problemas que ellos mismos denunciaban. La prédica, más cercana al discurso político que al mensaje pastoral, generó incomodidad entre los peregrinos que acudieron en busca de consuelo espiritual y no de confrontación ideológica.
Sin embargo, la mayor controversia se desató cuando, pese a los encendidos discursos contra la corrupción en todos los niveles del Estado, fue invitado como autoridad el intendente de Ciudad del Este, Miguel Prieto, quien enfrenta más de 50 denuncias por presuntos hechos de corrupción. La imagen del jefe comunal ocupando un lugar de honor, mientras desde el altar se condenaba a “los que roban desde el poder”, fue interpretada por muchos como una evidente muestra de incoherencia institucional.
A esto se sumó otro hecho que no pasó desapercibido para los devotos: la invitación a la reconocida cantante Lizza Bogado, quien en esta ocasión dejó de interpretar el cancionero tradicional paraguayo —guaranias y músicas populares esperadas por los peregrinos— para centrarse en canciones de protesta contra el Gobierno. Para numerosos fieles, esta elección artística fue vista como una falta de respeto al espíritu religioso del evento y a quienes aguardaban escuchar la música paraguaya que históricamente caracteriza estas celebraciones.
La suma de mensajes políticos desde el púlpito, la presencia de autoridades cuestionadas por corrupción y el viraje del festival musical hacia la protesta encendieron un debate profundo sobre el rol de la Iglesia en la vida pública. Fieles y sectores ciudadanos cuestionan si la misión pastoral no quedó desplazada por una agenda política que, lejos de unir, terminó dividiendo y generando descontento en una de las festividades más sagradas del calendario religioso paraguayo.






