El apartamiento del intendente de Ciudad del Este, Miguel Prieto, marca un punto de quiebre en su hasta ahora intocable dominio político. Acostumbrado a la prepotencia y a manejar la Municipalidad como caja personal, el jefe comunal enfrentó su primera derrota formal al quedar fuera del cargo.
Pero lo más significativo no fue su salida, sino lo que vino después: la imposibilidad de imponer a su cómplice, Valeria Romero, como interina. Ese segundo golpe fue asestado por la Junta Municipal, donde los colorados ejecutaron una maniobra estratégica impecable al inclinar la balanza a favor de María Portillo.
Este doble revés evidencia que Prieto ya no tiene control absoluto sobre el tablero político. Su poder de presión, antes temido, comienza a diluirse. El nuevo escenario abre espacio para que sus adversarios avancen y, sobre todo, para que la caja municipal deje de estar bajo su administración directa.
La caída de Prieto puede convertirse en un proceso irreversible: de hombre fuerte y soberbio a político acorralado, sin aliados sólidos y con crecientes denuncias de corrupción. El movimiento colorado, lejos de ser casual, demuestra que el fin de su hegemonía ya empezó.






